Cuentan las historias del pasado, que esta casa colonial, construida hace aproximadamente 200 años, hacía parte de una encomienda conocida como El Chacal, cerca de las laderas del cerro del Majuy, sagrado para los Muiscas quienes habitaron el valle de Tenjo y Tabio desde antes de la conquista. Este valle, apetecido lugar de habitación tanto por los Muiscas como por los españoles, por sus tierras negras, ideales para la siembra, sus pastos verdes y sus quebradas de agua fría, ha tenido desde entonces una fuerte vocación agrícola. Los cerros del Majuy y Juaica, quienes custodian sobre sus praderas, han sido reconocidos por su fuerza energética y su poder natural.

Se sabe que la casa ha sido habitada por religiosos y grandes terratenientes durante décadas, y ha pasado de mano a mano, teniendo épocas de oro y épocas de deterioro. Cuando llegó a manos de nuestros abuelos, Daniel Gómez e Isabel Obregón,

la casa tenía un uso de granero, y se utilizaba toda la primera planta para la cría de animales y el almacenamiento de alimentos como el maíz. Entre el polvo y el estiércol, los corazones de estos dos pioneros vieron un diamante en bruto que debía ser recuperado, y un lugar donde “echar raíces” y construir los cimientos de su hogar.

Desde entonces, estos dos corazones se dedicaron a ubicar pieza por pieza, piedra por piedra en el lugar perfecto, y crearon un gigante hogar, donde abuelos, hijos y nietos nos reuníamos día tras día, semana tras semana, año tras año, en torno a una gigante mesa de madera donde cabíamos todos juntos, para celebrar la vida. Tras ese ejemplo que nos dieron nuestros abuelos en su unión, en su familia, en su día a día y en la manera de trabajar la tierra, de celebrar la vida, hoy abrimos sus puertas, para que en sus rincones se siga celebrando la vida, invitando a quienes se aventuren a recorrerla, a hacer parte de ella.